LUCHA DE DOS FUERZAS| Carlos Enrique Saldívar

LUCHA DE DOS FUERZAS

Carlos Enrique Saldívar

(Perú)

Los habitantes del poblado de Cacsayhuan estábamos aterrorizados. El mal pronto llegaría a nuestras tierras. Aquella fuerza infernal ya estaba en la región, arrasando el país del sur brillante. La única manera de salvarnos era unirnos con otros compatriotas para obtener una buena dote con la cual contratar al héroe del país del norte sombrío, de quien se contaban las más extraordinarias historias.

Debíamos viajar hacia esa nación, pero el héroe, de nombre Caleb, ya se había enterado de la masacre en nuestros lares. Fue un niño quien lo vio arribar por primera vez: era alto, robusto, de piel clara y cabeza rapada. No llevaba armadura, vestía un traje ceñido, negro.

El guerrero dejó su caballo a un lado y bebió agua de un riachuelo.

Yo, el alcalde del pueblo, le di la bienvenida. Le expliqué la situación, según las noticias que había recibido de los jóvenes corredores que llegaban malheridos y morían en nuestros brazos, aunque antes lograban narrarnos lo acaecido en sus hogares.

Un extraño personaje, cubierto con una túnica roja, armado con dos sables, apareció en el oriente sin previo aviso. Nadie sabía de quién se trataba. No se le veía el rostro, lo tenía tapado con una capucha. Pidió que lo nombraran rey de la región, y todos en Pacashuari, el primer poblado que sintió su poderío, se rieron de él. Entonces eliminó a los guardianes del lugar rebanándoles sus brazos y piernas y dejándolos desangrarse.

Era veloz, fuerte, y parecía inmune a flechas, lanzas y espadas. Un brujo, sin duda, venido del fondo del Averno. Su meta era con seguridad gobernar desde allí. Sometió a Pacashuari y siguió por las regiones hasta llegar al centro de nuestra patria. En todo sitio donde pasaba no era tan terrible si se mostraban sumisos con él. Digo «no tan terrible», porque elegía niños, mujeres e incluso jóvenes varones a los cuales violar y muchas veces los desaparecía.

Hay quienes comentan que se alimentaba de ellos, de su esencia vital, de su carne.

Lo último que supimos era que se hallaba en la provincia más próxima, en Cozcon. Allí habían puesto resistencia y ese engendro mató a muchos adultos, cortándoles la cabeza. Abusó sexualmente de todas las niñas hasta matarlas y a los niños los castró y crucificó. Había sodomizado a algunos antes. Dejó al pueblo sin infantes como castigo y los adultos no tuvieron más remedio que rendirse. El monstruo les dijo que ahora era amo y señor de esas tierras y que se resignaran, ya tendrían más hijos. Como epitafio a su maldad, puso a cocinar a fuego lento los cuerpos de algunos de los pequeños asesinados.

Esto es lo insólito, parece multiplicarse, en cada provincia deja una réplica de él para que se encargue del control de esos lares. Y avanza, sigue su sangriento espiral de violencia con la intención de dominar todo el país, ya que así lo ha dicho. Es un ente satánico.

Por fortuna, nos enteramos de la existencia de un magnífico héroe que lucha por la justicia, que es poderoso y que trabaja bajo contrato y a veces gratuitamente, pero nosotros queríamos darle un pago a Caleb. «Eres el único que puede detener a ese demonio».

Con una mirada llena de serenidad, afable, el valiente guerrero aceptó protegernos. Su cara irradiaba paz, era el bien personificado. Nos dijo que no necesitaría a su corcel, que lo cuidáramos. Le ofrecimos comida, bebida, estancia y una mujer que lo acompañase en la noche.

Aceptó la cena, sin embargo, nos dijo que no había tiempo, que esta madrugada el villano nos atacaría, por sorpresa, para doblegarnos y tomar posesión de Cacsayhuan antes de que amaneciera. Nos pidió que saliésemos del pueblo dentro de tres horas máximo y nos escondiéramos en las cuevas junto a la montaña. Él se encargaría.

Sus palabras, su sola presencia nos regocijó. Le ofrecimos armas, pero él dijo que con sus dos espadas bastaba.Fue así que con el tiempo justo, antes de que el mal llegara al pueblo, los habitantes se retiraron; familias completas confiaban en que al regresar todo estaría solucionado. Yo le sugerí a Caleb quedarme con él, no obstante, me exigió que me fuera. No le hice caso, me mantuve cerca, miraría todo desde una roca ubicada en una zona alta, sería testigo de todo.

Esperaba que el héroe ganara, como, según las narraciones que oí en mi adolescencia, había vencido en todos sus combates. No era un hombre, se trataba de un semidios, alguien sagrado, la bondad personificada. Una especie de ángel vengador. Fue así que se plantó en medio del poblado y esperó a su contrincante, el cual se presentó puntual a las doce de la noche, envuelto en brumas y dispuesto a pelear.

La maldad en forma humana bajó de su caballo y le ordenó al animal alejarse. La lucha comenzó, fue frenética, los espadazos y sablazos iban y venían, eran dos potencias, el bien y el mal frente a sí, ninguno cedía. Dudé por unos momentos de la fortaleza de Caleb. El color negro del misterio versus el color rojo de la sangre.

Yo estaba tan concentrado en lo que veía: acrobacias de todo tipo, por un rato largo se trasladaron al bosque anexo y saltaron por encima de los árboles. Luego regresaron al borde del pueblo, a campo abierto y me fue más sencillo observar la reyerta.

Las artes oscuras del malvado no parecían tener efecto en el valeroso guerrero que nos defendía. Pensé que Caleb también se valía de un tipo de magia blanca, protectora. La pelea se extendió hasta las cinco de la mañana.

Los residentes de mi provincia regresarían a ver el resultado de la batalla en cuanto yo les avisara del mismo. Todos creíamos en el héroe, por eso supe que mi gente vendría entre las siete y ocho de la mañana. Yo estaba excitado por el fragor de la contienda. Tuve miedo en el instante que Caleb recibió cuatro sablazos, en sus piernas y brazos. El maldito era más fuerte, no podía ser posible. Empero, el heroico guerrero resistió.

Cuando parecía que el monstruo le iba a cortar la cabeza usando sus dos sables como tijera, Caleb se agachó con rapidez e hizo un movimiento similar con sus espadas y le abrió la panza al enemigo. Vi su sangre oscura y sus intestinos caer.

Lo que más me sorprendió otear fue que, al quedar el rostro del mal descubierto, este era igual al de Caleb.

«Descansa en paz, hermano», dijo el héroe. «Belac, ya no eres más el mal; con la muerte, la gentileza y la bondad llegaron a ti».

Increíble, eran gemelos. El rostro del villano muerto denotaba apacibilidad.

¿Quién lo creería? Justo los pobladores llegaban cautos para ver el resultado. Habían mandado antes un emisario, por si acaso. Se acercaron a Caleb y lo felicitaron. Celebraban el final de una entidad que había sembrado el terror e hizo mucho daño. Sus réplicas de seguro ya estaban desapareciendo de las regiones conquistadas.

El héroe sonreía, aunque de modo macabro.

Con horror vi la faz Caleb cambiar, su traje se volvió rojo y nos gritó: «Idiotas, ahora me llamo Belac, adórenme como a su rey o mueran».

Gemelos antagónicos 👾
Un microrrelato del escritor peruano Carlos Enrique Saldívar ✍
Dentro del Reto CREATIVARTE #8 sobre Fantasía Heroica ⚡

Mayo,2021

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