DIARIO DE UN GUERRERO | Rafael Araiza

DIARIO DE UN GUERRERO

Rafael Araiza

(México)

«Sakruta dice que ser ma-lo no es bu-eno, pero ser bue-no sí es ma-lo. Huma-nos mal-os, ma-los, mal-ooooos.»

Tartamudea la inmensa criatura humanoide con una voz horripilante que espanta a nuestros tímpanos y pone a temblar el resto de la carne en nuestros cuerpos.

Sabíamos que las posibilidades de someter a un titán eran menos que nulas —y, dicho sea de paso: esperábamos algo de menor envergadura—, pero las necesidades en nuestra villa rebasaban las soluciones que ofrecían nuestras cosechas. Por eso nos ofrecimos para este trabajo. Dos insignificantes aldeanos, un “siembrapapas” y un aprendiz de herrero, haciendo de cazadores de monstruos.

1

Todos en el villorrio aclamaban nuestros nombres cuando nos disponíamos a partir a las montañas de Krastug. Gritaban con la fuerza de quienes ven en alguien su última esperanza de no morir de hambre durante el advenedizo invierno. Ellos ensalzaban la partida mientras yo caía en la cuenta de que cualquier posible combinación de factores y variables terminaba con nosotros muertos o devorados. Partimos. La muerte caminaba con nosotros.Las armas mal hechas y los escudos hechizos que trajimos fueron forjados por Kabil, mi amigo de la infancia y, por lo visto en las espadas y escudos, un mal aprendiz de herrero. Yo, por otra parte, siembro papas en los terrenos de la villa, labor por la que he sido, y soy, objeto de muchas burlas y humillaciones. Nadie sabe que mi mayor anhelo es escribir y recitar historias asombrosas, de esas que dejan a los oyentes con la boca abierta. Con eso en la cabeza, me ofrecí para esta aventura. Espero que alguien lea “el diario del cazador de monstruos” —así titulé a los relatos nacidos de esta empresa—. De verdad espero que no sea póstuma. Aunque también la muerte es una aventura.

2

Sin entender del todo el significado de lo que dijo, nos ponemos a resguardo tras unas rocas y desenfundamos las espadas. Kabil arroja el escudo al suelo, le estorba. Son muchas tareas para hacer a un mismo tiempo: desenvainar y empuñar la espada, levantar y sostener el pesado escudo, intentar detener el castañeteo de los dientes y apretar el esfínter para que las heces no salgan. Es más sencillo correr.

Corremos. Paro. ¿Qué escribiré de esto en mi obra? No, no puedo describirme como un cobarde. Tyrak de la aldea de Gruther no es un pusilánime. Aferro la empuñadura de la deforme hoja de acero, planto mi humanidad enclenque frente al ogro y cierro los ojos.

Aguardo.Aguardo.

Un temblor en la tierra bajo mis pies me hace caer. Sin abrir los ojos tiro mandobles a diestra y siniestra. Uno de tantos golpea contra algo. “Tuve suerte”, pienso. Abro los ojos. Es Kabil, regresó corriendo para asistirme en la lucha.

El tajo de mi hoja cortó el hueso de su clavícula izquierda y se hundió hasta detenerse en la solidez del esternón. Mi amigo me mira con incredulidad. No, mira atrás de mí. Mira al engendro que siguió de largo, colina abajo. Allá le espera un pequeño ejército de verdaderos cazadores de monstruos.

Mi vista se pasea del inicio de la brutal batalla a la imagen de Kabil agonizando. No sé qué hacer. Lloro. Río. Lloro más.

—Mátalo para que cobres la recompensa. No dejes morir de hambre a los nuestros —balbucea antes de ahogarse con su sangre.

Lloro más. Grito con rabia. Corro a donde el engendro.

Los cazadores están muertos. Charcos de sangre y entrañas, carne macerada y huesos despedazados, cuerpos amontonados. Todo eso, por un lado; por el otro, el troll parece bufar con cada respiro.

Está herido, de su cuello cuelgan varias lanzas que le hacen sangrar abundantemente. En su pierna derecha, el tobillo presenta varios hachazos que dejaron el hueso al descubierto. Sentado, con la espalda apoyada en una pared del cañón, no se mueve.

Agoniza.

Me aproximo con cautela. Mi respiración es ruidosa, temo que me delate. Escalo la pierna izquierda. Alcanzo el pecho. Trepo por la correa que sostiene la piel curtida que viste. Consigo llegar a su cuello. Apoyo la punta de la espada en donde mataría a un hombre. Me dispongo a empujar. Sus ojos se abren. Mi corazón y mi carne saltan enloquecidos. Su cabeza gira para enfocar su vista en el insecto sobre su gollete, abre la boca y saca la enorme lengua que busca atraparme. El miedo provee la fuerza necesaria para hundir el acero en la gruesa piel que truena como un martillo contra el yunque. Sangre y saliva brotan generosos de la herida. Me hacen resbalar y caer en su mano abierta.

Horrorizado observo el dedo meñique cerrarse cerca de mis piernas, luego el anular, el medio… Por una nada evité que el dedo índice y el pulgar me atraparan.

Fuera de su alcance, sin fuerza y agotado, descanso sobre la hierba suave.

Quiero descansar.Dormir.

Al despertar miro dos ojos inmensos que me devuelven la mirada. Me escudriña. ¿Me quiere devorar?

—Soy Sakruta, ¿cuál es tu nombre? —indaga la que parece ser una mujer.Bien vestida y sin los adornos —cráneos, fémures y hasta esqueletos humanos completos— característicos de los troles.

El inmenso rostro no es feo, pero tampoco bello. De seguro no refleja maldad.

—Me llamo Tyrak, vengo de la aldea de Gruther—Creo que estoy a punto de morir.

—¿Tú mataste a Lartus?

—Lo rematé, estaba mortalmente herido cuando lo sorprendí y corté su garganta —contesto con la verdad.

Espero que mi muerte sea rápida.

—Ya veo. Lartus hace mucho dejó de ser uno de nuestra tribu. Sus manías lo convirtieron en un paria para nosotros y en un terror para ustedes. Teníamos tiempo buscándolo para castigarlo, sus actos atrajeron mucha atención a estas montañas. ¿Entiendes eso, guerrero?

¡Me llamó guerrero! La líder de una tribu troll me llamó guerrero.

—Sí, señ… ¿Cómo debo referirme a usted?—En lo sucesivo, llámame Sakruta. Yo te llamaré Tyrak, el guerrero que concilió entre dos razas. Y mientras guardes el secreto de lo que pasó en este lugar y día, te daré las piedras brillantes que encontremos al excavar nuestras guaridas. Por lo pronto toma estas, llévatelas —comenta al depositar en el suelo un saco de cuero del tamaño de una vaca grande lleno de diamantes, rubíes y otras piedras de las que no conozco el nombre.

—Gracias, Sakruta, esto servirá para alimentar a la gente en mi aldea.

—Ya vete —ordena— Yo desapareceré los cuerpos, todos ellos.Tomo lo que puedo cargar y me dispongo a regresar a Gruther. El resto es depositado por Sakruta en una hondonada fuera del alcance de miradas curiosas.

Camino a la villa cuando un copo de nieve cae en mi cara. Suspiro con alivio. El invierno ahora parece menos cruel.

Un microrrelato del escritor mexicano Rafael Araiza✍
Dentro del Reto CREATIVARTE #8 sobre Fantasía Heroica ⚡

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