LA MUJER DE MI ARMARIO | Trisha Sanz

LA MUJER DE MI ARMARIO

Trisha Sanz

(España)

Cerró la puerta tras de sí, con cuidado, sin apartar la mirada de los pequeños cristales que decoraban la puerta.


Ya no podía dar la espalda a nada cuando se encontraba dentro de aquél maldito piso, sola.
Ojalá nunca hubiera dado importancia al cerrar la maldita puerta del armario de su habitación.


¿Por qué lo había hecho?
Porque no soportaba ver una puerta entreabierta: era algo que la dejaba con una sensación de intranquilidad, algo que le carcomía la cabeza, impidiendo dejarla dormir.


Maldijo una vez más su manía del orden y perfección.
De ahí la creciente mofa de Enzo hacia ella, cada vez que entraba en la habitación y cerraba la puerta del dichoso armario; incluso ella se lo había tomado en broma las primeras veces, fingiendo ofenderse.


Fue entonces cuando aquella espeluznante mujer se le apareció, en mitad de la noche: tan sólo pudo ver su sombra recortada en la oscuridad, mirándola fijamente, con las manos cruzadas delante de su cuerpo; el anticuado peinado que llevaba -un moño en lo alto de la cabeza- le recordó a una de ésas ancianas profesoras de colegio interno.


No dijo nada, ni siquiera se movió.
Tan sólo estaba plantada al lado de su cama, observándola.
Pero sí pudo sentir el pánico que su cuerpo empezó a sentir, al captar el mal que aquella sombra desprendía, el peligro que ella corría.


Y por más que se apretó contra el cuerpo de su marido bajo las sábanas, por más que intentó abrir la boca para pedirle ayuda, de su garganta tan sólo salieron ahogados gemidos, al tiempo que su corazón latía con violencia contra su pecho, cómo si quisiera traspasarlo.


Desde entonces, habían estado sucediendo cosas extrañas en el que había considerado su dulce hogar, aquél en el que quería formar una gran família, y tras insistirle a su marido de que aquella anciana realmente existía y que parecía estar dispuesta a no dejarla en paz, él siempre tenía la misma respuesta: tan sólo había tenido una pesadilla.


Incluso en una ocasión, él había abierto la puerta del armario empotrado de par en par, y había estado analizando meticulosamente cada centímetro de su interior, moviendo las perchas de un lado para otro en la barra y sacando algunas cajas de cartón que habían dejado en el suelo, a su lado: tan sólo era un simple armario de lo más normal, nada que hiciera sospechar que de allí dentro hubiera surgido un ente maligno en plena noche.
Por eso ella había desistido en insistir en el tema, y buscar por sí sola una manera para lograr deshacerse de aquél fantasma, diablo o lo que sólo Dios sabía qué era aquella aparición, a pesar de sentirse completamente aterrada, lo cuál, irónicamente, parecía alimentar más a aquél ser, ya que, en cuánto Enzo salía todas las mañanas por la puerta de casa para ir a trabajar, aquél lugar parecía trasladarse a una especie de submundo, dónde la sombra parecía reinar: extraños ruidos se dejaban oír en cada rincón del hogar, y un repentino frío envolvía su cuerpo cómo si de una manta se tratara.
Pero había algo peor que todo aquello.
Las sombras.


Eran cómo una especie de ilusión óptica -estaba convencida de que su marido las calificaría de aquél modo-, que iban y venían de un lado hacia otro, burlándose.
Tenía miedo de andar por el pasillo que conectaba su habitación con la sala de estar, porque, a pesar de cerrar la puerta del armario antes de que su marido se largara, en cuánto se quedaba sola y regresaba a la habitación, comprobaba, horrorizada, de que ésta volvía a estar entreabierta.
Estaba empezando a temer quedarse sola en su propio hogar.
Y nada bueno podía acarrear una fobia cómo aquella.


Así pues, aquella mañana había decidido que debía de acabar con aquella aparición, debía de recuperar el control de su vida.


Y cómo todas las mañanas, en cuánto Enzo se había despedido de ella con un cálido beso en los labios para dirigirse al trabajo, con el destornillador que guardaba en el cajón del mueble de entrada -aunque aún no sabía para qué- en la mano, ella se había dirigido hacia su habitación, con cierto temor -a veces imaginaba que la sombra saldría de repente de la pequeña habitación contigua, cogiéndola por sorpresa-, y había vuelto a comprobar que la puerta del armario volvía a estar entreabierta, informándole así de que la sombra había ido a visitarla de nuevo.


Y había sido al pasar por el pequeño cuarto contiguo, que notó cómo una extraña brisa fría parecía salir de él, le informó de que su visita se encontraba allí oculta, observándola, disfrutando del miedo que ejercía en ella.
Debía de actuar con rapidez.
Así pues, sin dejar de mirar por encima de su hombro, temiendo que la anciana sin rostro hubiera alargado los brazos hacia ella para atraparla y arrastrarla con ella hacia el armario, encerrándola en la más tenebrosa y absoluta eternidad, había regresado con pasos rápidos y torpes hacia la sala de estar, apretando el destornillador con fuerza, decidida a hacerlo servir si fuera necesario.


Y a cada paso que había dado, el leve murmullo de un lamento había parecido acompañarla, logrando que un escalofrío le recorriese la espalda.
Debía de darse prisa, llegar cuánto antes a la maldita sala de estar: ¿por qué de repente tenía la sensación de que el pasillo parecía no acabarse? “No dejes que el miedo te bloquee”, se había dicho, mirando por enésima vez por encima de su hombro. “No le des la satisfacción de saber que te tiene a su merced”.


Finalmente, había llegado a la pequeña estancia del recibidor, dónde se había tomado un segundo para detenerse y observarse en el espejo del mueble, dónde, sorprendentemente, no se había reconocido: ¿aquella chica pálida y de expresión asustada era realmente ella?

“Toda esta situación está empezando a pasarte factura”, se había dicho, sin poder apartar los ojos de aquél reflejo tan desmejorado que le ofrecía el espejo.


Fue entonces que, por el rabillo del ojo, había captado un brusco movimiento.
Tenía compañía.
Pasándose la lengua por los labios, había empezado a retroceder hacia la sala de estar, sin apartar los ojos de la pequeña esquina, aterrorizada, alargando la mano que tenía libre hacia atrás de su espalda, palpando con cierto nerviosismo, en busca del pomo de la puerta. “¡Vamos, vamos, vamos!”, se ordenó, notando cómo el pánico empezaba a paralizar cada centímetro de su cuerpo.


Horrorizada, un alargado brazo pareció salir de entre la ligera penumbra del pasillo, apoyando la mano en la pared, asegurándose así de que ella había advertido su presencia. “¡Lárgate de aquí!”, se había entonces, abriendo los ojos cómo platos. “¡Olvida ése estúpido plan suicida que has organizado, abre la puerta y baja la escaleras sin mirar atrás!”.


Pero no podía hacerlo.
No podía huir de allí, porque, aunque lograra escapar, ella la estaría esperando en cuanto regresara.
Además, no podía poner en peligro a su marido.


Debía de acabar con aquél asunto, aquella misma mañana.
Así pues, había retrocedido un paso hacia la puerta, lo justo para que sus dedos sí toparan con el pomo ésta vez, y abriéndola con un rápido movimiento de mano, había entrado en la sala de estar, cerrándola prácticamente al momento.


Y ahora, tras comprobar por los cristales que aquél ente todavía no se había decidido a acercarse a la puerta, empezó a retroceder hacia el mueble que había al lado del televisor, sin apartar los ojos de la puerta, atenta a cualquier movimiento que pudiera ver a través de los cristales, y volviendo a alargar el brazo por detrás de ella, palpó cautelosamente, hasta que sus dedos dieron con el agarradero del cajón, el cuál tiró de él para sacar el kit que había preparado con tanto esmero la noche anterior: un par de linternas de bolsillo -había supuesto que la luz molestaría a la anciana, pues siempre que se había aparecido, había sido de noche o en habitaciones poco iluminadas-, un gorro para cubrirse la cabeza -no quería correr riesgos de que aquél ser la cogiera por el pelo-, el destornillador y su teléfono móvil, con el cuál tomaría fotografías y grabaría un vídeo si hiciese falta -estaba convencida de que acabaría optando por la segunda opción-.


Por último, se llevó una mano al cuello, dónde agarró con cuidado la cadena de plata que colgaba de él, y tiró de ella, hasta que la pequeña cruz sobresalió por el cuello del jersey.


—Por favor, ayúdame a regresar sana y salva. —musitó a la cruz, acercándola a su rostro, cerrando los ojos -a pesar de saber que era un riesgo bastante considerable- unos segundos, gesto que siempre hacía para comunicarse con su Dios—. Ayúdame a deshacerme de ése… lo que quieras Tú que sea. —le dio un fugaz beso, para luego volver a guardársela bajo el jersey, al tiempo que abría los ojos.


Unas horripilantes y desfiguradas manos -más bien parecían una especie de garra- estaban apoyadas contra uno de los cristales de la puerta, ofreciendo una imagen bastante horripilante, ya que, con aquél gesto, el ser quería asegurarse de que ella se había dado cuenta de que no iba a largarse tan fácilmente. “Dios está contigo”, le dijo la voz del razonamiento, intentando que mantuviera la calma. “El Mal intentará vencerte, pero recuerda que el Bien siempre es el que acaba venciendo; y ahora, a por ella”.


Soltó un suspiro, intentando ignorar la vocecita de su cobardía, la cuál le advertía que se estaba adentrando en una misión suicida, y tras dirigir una rápida mirada a la fotografía que se había hecho junto a Enzo en su último viaje a París, aferró con más fuerza el destornillador en una mano, y con la otra, alzó la linterna a la altura del cristal dónde todavía reposaban aquellas horribles manos, y apretó el pequeño botón que la encendía.
Tal y cómo había sospechado, al darles de lleno el iluminoso haz, las manos no tardaron en desaparecer.


—Vamos allá. —musitó, intentando convencerse a sí misma, temiendo que en el último momento, se echara para atrás.

  • * * * *

No recordaba que aquél lugar fuera tan húmedo, ni tampoco que oliera cómo si todas las alcantarillas del pueblo pasaran por aquél lugar.
Claro que tampoco Enzo y ella habían indagado mucho cuando habían inspeccionado el armario, porque, ¿cómo saber que podría haber una trampilla en el techo?
Desde su recorrido del comedor hasta su habitación, había apretando todos los interruptores que habían en su camino, pues cómo ya había comprobado, la luz era su más fiel aliada en aquella misión, y tras palpar palmo a palmo -sin dejar de mirar por encima de su hombro ni un sólo momento- el armario, había descubierto la trampilla justo detrás de dónde estaba colgada la barra en dónde colgaban las perchas -un escondite muy bueno, había de admitirlo-, y aunque en un principio no le había gustado en absoluto que su pesadilla se confirmara, dejando la trampilla abierta, había vuelto a salir del armario para abrir las cuadradas puertas que habían sobre el armario, el cuál daban acceso a otro armario -mucho más pequeño- individual, el cuál solía servir para dejar cajas con objetos dentro o ropa y mantas, y comprobar si se conectaban -cosa que en el fondo le hubiera decepcionado-, cuyo resultado fue negativo. “Alguien se ha tomado muchas molestias para crear ésta especie de pasillo”, se dijo, mirando de un lado hacia otro, sin poder salir de su asombro. “Pero, ¿por qué?”.
Giró sobre sus talones, grabando con su teléfono móvil cada rincón de aquél tétrico lugar.


Fue entonces que le pareció escuchar el rumor de unos pasos que se dirigían hacia dónde estaba ella.
Atemorizada, miró de un lado hacia otro, buscando algún sitio dónde poder esconderse, antes de que la sorprendieran allí dentro.
Pero la única opción que tenía, era permanecer en la oscuridad, y rezar a su Dios para que no la descubriesen.


—Esa estúpida ha estropeado nuestros planes. —oyó que decía en aquél momento una voz enfadada de mujer.


—No tiene porqué—replicó una segunda voz, ésta vez masculina—. Sigue creyendo que eres una especie de fantasma, ¿no? Tan sólo debemos de llevar a cabo el plan antes de lo previsto, y largarnos; para cuando descubran éste pasillo secreto que conecta ésa pocilga de piso directamente con la cámara acorazada del banco, nosotros estaremos lejos. Muy lejos…


—Eso si ella no lo ha descubierto antes. —observó entonces la mujer, cruzándose de brazos, mientras echaba un vistazo a su alrededor, intranquila—. La última vez que la he visto, ha sido cuando ha entrado en la habitación. Y no ha vuelto a salir…


Ella no podía salir de su asombro: ¿todo aquello estaba sucediendo realmente?
¿Ningún ente fantasmagórico ni nada por el estilo la estaba rondando?
¿Todo era un maldito montaje para poder llevar a cabo un robo?
“Almenos estoy grabando todo esto cómo prueba”, intentó así consolarse, manteniendo el teléfono móvil pegado a su cuerpo, rogando en silencio que no recibiera ninguna llamada o mensaje en aquél momento, ya que no recordaba haberlo silenciado. “De lo contrario, nadie me creería. Todavía no me lo creo ni yo”.


—Está bien, hagamos una cosa —sugirió entonces el hombre, con un deje de paciencia en su tono de voz—: vayamos a comprobar si la chica realmente ha entrado acá, y de ser así, el único lugar al que ha podido ir, es hasta el banco; allí la sorprenderemos, y la atraparemos. Ya pensaremos luego qué hacer con ella. ¿Te parece bien? —un escalofrío le recorrió la espalda al ver la expresión de satisfacción en el rostro de la chica, al tiempo que asentía con la cabeza—. Está bien. Vayamos entonces. —y sin perder más tiempo, empezaron a alejarse con rapidez, sin mirar ni un sólo minuto atrás.


Esperó hasta perderlos de vista para poder salir de la oscuridad -nunca había agradecido haber tenido la suerte de su parte- y en cuanto dejó de escuchar el rumor de los pasos, corrió por el pasillo por dónde había venido, sin dejar de mirar atrás, temiendo que aquellos dos la hubieran escuchado.
Cuando finalmente llegó al estrecho hueco que conectaba aquél pasillo con su armario, se deslizó sin cuidado alguno hasta la trampilla, dejándose caer con fuerza en el interior del armario.


Entonces, cogió la tapa que estaba apoyada contra la pared, y la colocó en su sitió.


Buscó con la mirada algo que pudiera poner debajo, para así evitar que pudieran salir de allí, cuando recordó que todavía tenían cajas repletas que vaciar, y en cuanto hubo terminado su tarea, alzó el teléfono a la altura de sus ojos, y tecleó con rapidez el número de la policía, para luego llevarse el aparato al oído.


—¿Hola? —preguntó en cuánto al otro lado de la línea descolgaron al tercer tono—. ¿Podrían mandar una patrulla a mi casa? Es de suma urgencia…

Un cuento de horror PUBLICADO en el 5to Número de la Revista Fantástica "El Axioma"👾

Hecho por la escritora española Trisha Sanz.✍
Armario con misterios…

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