RADIACIÓN | Marlon Jiménez

RADIACIÓN

Marlon J. G. Jiménez R.


La exploración era emocionante, ya llevábamos seis horas en esa ciudad fantasma, llena de edificios indemnes y como congelados en el tiempo, en donde todo había sido abandonado tal y como estaba cuando se evacuó debido al accidente. Con excepción de algunos edificios que había sido saqueados quien sabe por qué gente y buscando quien sabe qué cosa, todo había sido congelado allí. La pequeñita escuela parvularia aún tenía sus pupitres ordenados y en fila, con creyones a medio usar e incluso algunas tenían hojas amarillentas con dibujos sin terminar.


Visitamos una zona residencial en donde dos bloques de edificios se miraban frente a frente y entre ellos un camino empedrado rodeado de parques infantiles y áreas de estar, pequeñas plazoletas y estatuas; seguramente hubiese sido hermosísimo cuando era habitado. Aunque el aspecto fantasmal era innegable viendo aún pequeñas bicicletas dejadas a medio camino y algunas otras cosas como cascajos metálicos de partes de electrodomésticos y muebles; así como algunos cúmulos de chatarra acumulados aquí y allá (estos últimos, sin duda, hechos después del accidente, por los turistas y saqueadores subsecuentemente); hacían del lugar un sitio interesante como escenario de alguna historia de terror.


A lo lejos se extendía lo que parecía un parque de diversiones lleno de juegos y máquinas en los que el óxido asomaba escurriéndose por entre las juntas como si fuesen gotas de agua y las bases invadidas por hierbajos altos y enredaderas; lo noté por la inmensa montaña rusa que se levantaba como el esqueleto vertebral de una víbora gigante como si hubiese muerto al instante mismo en que se contoneaba para morder, el chirrido de los rieles en la parte más alta al ser golpeados por el viento lo hacía ver más lúgubre aunque fuese de día. Era sin duda una atracción interesante e infaltable en el tour, aún a pesar de que ya no funcionara para los fines con los que había sido concebido.


El guía nos dijo que exploraríamos hasta la noche en esos edificios con seguridad, pues los contadores Geiger rebosaban en pitidos que preferimos acallar mientras durara la exploración por la que tanto habíamos pagado; podíamos extendernos solo unas dos horas más, así que sin pensarlo nos dirigimos a ese parque.


Sin mucha novedad, nos tomamos fotografías, hicimos bromas sobre la ciudad fantasma y demás cosas, bajo la atenta y seria mirada del guía; quien por alguna extraña razón se mantenía tenso. “Estos ucranianos son demasiado estirados y caras de caballo” pensé “seguro ni saben divertirse”. La oscuridad empezaba a caer sobre el terreno y el guía un poco nervioso nos llamó para retirarnos. Pensábamos que se debía por el miedo de la radiación a la que nos exponíamos, porque seguramente no era la primera vez que traía a grupos de turistas aquí y aunque nosotros solamente nos expondríamos esa vez, el seguramente ya tenía bastante de ella acumulada en el cuerpo.


Sólo se veía la silueta de la montaña rusa sobre el cielo gris en el fondo casi oscuro en el que dejábamos la ciudad cuando nos dirigimos al auto. El guía nos esperaba allí un poco impaciente, y en su idioma (olvidándose del inglés) nos decía que nos apuráramos, o al menos eso parecía con los gestos con que se expresaba. yo aún me volteé una última vez a ver el parque a unos pasos del vehículo cuando entonces una sirena en el aire se dejó escuchar. Imitando aquella sirena que sonó en el accidente hace más de 30 años atrás. El guía empezó a gritar y a arrojar maldiciones al aire, cuando montado en el vehículo y apenas dando tiempo para abordar todos en él, empezó a encenderlo. Hizo rugir el motor tras varios intentos de encender apresurado, y arrancó el vehículo justo en el momento en que se encendían varias luces en el abandonado parque de diversiones y los edificios que habíamos visitado.


El ambiente se empezó a llenar de una neblina verdosa y violeta, medio mortecina y empezamos a ver como se reunían alrededor de nuestro auto, visiones esqueléticas de personas con calaveras por rostro, que a veces intermitentemente rellenaban sus orificios con los órganos que los ocuparían de estar vivos. La Sirena sonaba ensordecedora, para nuestra fortuna, porque no dejaba escuchar bien los lamentos, gritos y sollozos que se acumulaban de a miles a nuestro alrededor mientras una muchedumbre de espectros nos rodeaba al momento y en cada metro que el vehículo avanzaba. El guía gritaba en su idioma algo que no entendíamos y luego, como si de una epifanía se tratara, gritó en inglés “Cierren las ventanas” justo cuando parte de esa neblina extraña se metía por la rendija de una de las ventanas traseras y era aspirado por uno de los miembros del grupo.
Salimos de allí apenas, mientras veíamos la ciudad encenderse con luces fantasmales de otrora mientras el muchacho llamado Isaías, que iba en la ventana abierta, convulsionaba horriblemente y los contadores Geiger silbaban descontrolados. Exigimos al guía que nos llevara a un hospital y nos dejó a una cuadra del más cercano. Donde después de atenderlo, nos recluyeron a nosotros en una sala de aislamiento de la clase 5. El personal del hospital no hizo muchas preguntas y se limitó a atendernos como si estuvieran acostumbrados a ver estos cuadros y gente con el mismo problema de Isaías. Era evidente que así era; también era evidente, que no todas las personas en esa ciudad, había sido salvadas y evacuadas esa noche del 26 de Abril de 1986.

Cuento por el escritor venezolano Marlon Jiménez ✍

Un texto publicado en el 5to número de la Revista Literaria "El Axioma" 🌘
Una ciudad fantasma

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