MALDITO |Silvia Alejandra Fernandez

MALDITO

Silvia Alejandra Fernández

(ARGENTINA)

Recuerdo haber escuchado arena cayendo, un fuerte golpe y luego el silencio. 

Comprendo que de algún modo absurdo he quedado encerrado dentro de la tumba del faraón.


Tanteo en la oscuridad y voy gateando hasta una cámara secundaria. Gemidos y llantos me guían en medio de las penumbras. Los gritos desgarradores de dos esclavas y una doncella retumban en la oscura catacumba.


Enciendo una de las más de mil lámparas de aceite que rodean al rey muerto y las mujeres se espantan al verme. Puedo ver sus rostros desencajados, gritando su dolor por la muerte del joven rey.
Mi cabeza bulle intentando recordar alguna salida de esta tumba que aún no hubiese sido sellada. Yo no debería morir allí, en medio de los tesoros del rey Tutankamón.


Camino unos metros y mis manos tocan las pinturas que cubren cada milímetro de las paredes. Reconozco cada trazo, cada símbolo. Yo mismo he diseñado toda la decoración interior de este sepulcro.


«Thabit, quiero que cuentes toda mi historia, que los colores de las pinturas sean los más exquisitos. El azul sigue siendo mi favorito. Recuerda todo, amigo mío», resuenan en mi cabeza las palabras del faraón, mientras se aseguraba que yo conociese todos los detalles de su vida.
Me acerco al féretro donde yace el rey; su máscara mortuoria refleja la luz de mi lámpara y parece brillar en la oscuridad.
Manjares de todo tipo rodean al joven Tut; lo acompañarán en su viaje al inframundo.


«No voy a morirme de hambre mientras encuentro alguna salida», pienso, masticando un trozo de pan y tomando vino directamente de un ánfora.


Me despierto entumecido; el vino hizo que me adormeciera y me desespero. La lámpara se ha apagado y la oscuridad reina en el sepulcro.
Pierdo la noción del tiempo. No tengo modo de saber si es de día o de noche.
Ya ni siquiera escucho los gemidos de las mujeres. El silencio parece tener sustancia corpórea dentro de la tumba.
Camino tanteando el piso; necesito una lámpara para encontrar dónde están los alimentos. Algo inmundo repta por mi mano y me la restriego contra mi túnica. Hay gusanos y moho sobre la comida.


Tropiezo constantemente con todos los objetos que llenan el lugar. Algo de madera se cae y se rompe.
«Uno de los juguetes del faraón, uno de sus barcos», pienso, mientras sigo buscando algo para iluminar el recinto.
Vuelvo a perder el sentido. La falta de comida y agua me han debilitado. Los alimentos dejados en ofrenda ya están podridos. No lo entiendo. Deberían ayudar al faraón a mantenerse fuerte en su encuentro con Osiris. Pero nada en este lugar escapa a las garras de la muerte.


Busco inútilmente el camino hacia la cámara principal mas la oscuridad impide que la encuentre.
«Anubis, Anubis ¿cuándo vienes?», pienso. El silencio de la tumba me abruma.
Intuyo que todo en lo que he creído es una mentira. No hay otra vida. No hay resurrección. Ningún Rey de la muerte vendrá a buscar al faraón.
Un olor nauseabundo me invade; las mujeres están muertas y sus cuerpos ya corruptos se descomponen tirados en el piso.


Mi cabeza da vueltas. No entiendo por qué estoy aquí.
Encuentro una lámpara y la enciendo; busco una salida. Pero todos los portales están cerrados.
Encuentro un rollo de papiro a los pies de sarcófago de Tut y mi corazón casi se detiene al comprender lo que está escrito.


«Maldito, maldito, mil veces maldito aquel que conozca los secretos del faraón. Su vida le será arrebatada ».
He sido engañado por quien me llamaba amigo mientras, con cada palabra que me decía, sellaba mi oscuro destino de muerte.


Una risa insana brota de mis labios y siento que las fuerzas me abandonan. Caigo derrotado, a los pies del ataúd del faraón.


«Estoy maldito, maldito, maldito; él me maldijo», pienso.
Destapo una de las urnas tejidas que rodean el sarcófago y una Naha Haje, la cobra sagrada del faraón, se me acerca siseando.
La Naha se yergue y en un rápido movimiento siento sus colmillos en mi garganta.


Caigo al suelo, respirando con dificultad. Mi vista se nubla. Veo a la cobra transformarse en la diosa Uadyet, que amorosamente abraza al sarcófago.
Ella es la protectora del rey y se convirtió en mi verdugo.

La Tumba por Chepeman

Un cuento dentro del 5to número de la Revista Literaria El Axioma 🌘 (2020)

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