Los Deseos de un Insepulto| Oswaldo Castro

LOS DESEOS DE UN INSEPULTO

Oswaldo Castro

(Perú)

Al huir de la realidad, la bala asesina de la indiferencia no dobló la esquina.

Me alcanzó y fui de bruces sobre la calzada. En mi agonía quise ser discreto pero mi rostro los asustó y el gesto de dolor fue más duro que mis intenciones. Tendido como un costal de huesos anónimos aguardé que el médico de la unidad de bomberos decretara mi deceso a media mañana de ese domingo.

Me di el gusto de sentirme tibio bajo las hojas de los periódicos. Varias horas después el fiscal de turno ordenó el levantamiento de mi cadáver. Terminé en la morgue porque, como dice el viejo refrán, nadie se muere la víspera y había salido indocumentado, con una media ahuecada y el calzoncillo del día anterior.


Integro el pelotón de cadáveres NN y espero que alguien venga a reconocerme para no acabar en la fosa común. Ya me autopsiaron y dicen que morí de melancolía. No encontraron daños importantes en mis vísceras internas y quedé etiquetado como un romántico muerto de amor. Eso escuché entre las bromas y risas de los forenses.


La dactiloscopia puso identidad a mi cuerpo en descomposición. Ya no soy un desconocido, tengo nombres, apellidos y una dirección falsa en el sistema de identificación de personas. Nunca llegarán a mí. Reposo en una cámara frigorífica a la espera del reconocimiento legal. Los días pasan y nadie me reclama. En honor a la verdad, el único que podría hacerlo es mi gato, pero el muy desgraciado ya debe haber huido en busca de mejores techos. Nadie se dará una vuelta por mi cuchitril y recién seré un fastidio dentro de tres semanas cuando tenga que pagar el alquiler. En mi trabajo notarán mi ausencia y no les importará. Seré un número más en las estadísticas de las personas desaparecidas en el mercado informal del empleo subvaluado. Por lo tanto, mi muerte no afectará ni exigirá velorio y entierro. Mientras tanto, dispongo de tiempo para pensar en algunos detalles.


Espero no ser el cuerpo de estudio de una mesa de anatomía humana. Sería diseccionado con poca elegancia y resultaría el conglomerado incierto de lo que fue un ser humano. Si toman una de mis costillas no nacerá la mujer soñada y es probable que surja una bruja. Ni el sexo con ella lo tendrías garantizado. Toma mi hígado y ganarás el mejor paté macerado en ron barato. Déjame la mano derecha, te obsequio la otra, para extraer las larvas que desarrollarán mis músculos y, si es posible a donde voy, seguir escribiendo y rascarme los testículos invisibles. Si quieres mi tórax, es tuyo. Sería la jaula que albergaría a los pájaros de mal agüero que no quieren salir a volar o, si lo prefieres, cuelga en una de mis clavículas el gancho con la ropa pasada de moda. Suplico no desarticularme los pies. Sin ellos me arrastraría por el suelo y son vitales para explorar mis nuevos destinos. Puedo ser un cadáver incompleto, pero no uno en silla de ruedas. Sean gentiles con este humilde insepulto.


Ha transcurrido el tiempo de ley y me amortajan para la fosa común. En medio de todo estoy completo, refrigerado y listo para la tumba comunitaria. Algunos compañeros de viaje, inexpertos como yo, se despiden por turnos y nos deseamos lo mejor en la otra vida. Prometemos buscarnos para saldar la soledad a la que fuimos condenados.


Poco a poco me iré pudriendo hasta desaparecer. Me voy de este mundo tal como vine: desnudo, sin dinero e inútil. Mis días finales no sirvieron ni para la educación de los alumnos de medicina ni para donar órganos. Un fracaso total, una absoluta miseria y, lo más grave de todo, sigo sin saber por qué me morí tan pronto. La vida no la hemos inventado y estamos de tránsito. Voy rumbo a no sé dónde y si pudiera escoger el lugar, no el de la fosa común, quisiera uno silencioso, frío, de campos grises y extensos. Lo merezco porque fui bueno allá arriba.

Respecto a mis sentimientos terrenales manifiesto que transitaron por la excesiva confianza depositada en las personas. Hubo quienes se provecharon de mi estupidez y otras se burlaron de mi bondad.

Sea como fuere, fue más lo perdido que lo ganado. No reniego de alguien en particular, pero me atrevo a decir que el ser humano es una mala persona. Mi experiencia con la gente fue escaza, pero suficiente para darme cuenta que el que no corre vuela y siempre quedé pegado al suelo. En resumen, fui el perfecto idiota.


En lo amoroso mi vida fue rutinaria y decepcionante. Las mujeres sacaron lo mejor que tuve y dieron muy poco. En pocas palabras fui el tonto útil de los caprichos de algunas. Cuando creí tener suerte, el tropezón que la infidelidad me dio, me tendió en la desazón.

Comprobé, con el corazón hecho jirones, que las sonrisas femeninas pueden ser puñales despiadados.
Sutilmente mi pelaje fue cambiando al de un lobo solitario. Como animal huidizo me enquisté en mi burbuja y mi zona de confort quedó confinada al trayecto al empleo, a dar vueltas por los parques vecinos y soñar despierto en una butaca de cine. El tiempo me despellejó y la piel de ofidio emergió para ser el visitante de burdeles y bares de mala reputación. Los cambios en mi forma de encarar la verdad no impidieron seguir siendo el mismo imbécil pasivo y soñador de películas baratas.


Por lo anteriormente expuesto, considero haber sido un buen hombre y si mi muerte prematura no permitió que torciera mi destino, necesito el lugar tranquilo, frío, gris y extenso.
Ya mi cadáver se pudre como los demás. Mi espíritu, alma, ánima o lo que sea vaga rumbo al paradero final. No tengo la menor idea a dónde llegaré, pero temo que está lejos de mis expectativas. Diviso a la distancia el páramo sombrío y siento frío. Hay poca visibilidad y las figuras antropomórficas se perfilan en el horizonte. No tienen forma definida y remedan a los seres bípedos que caminan el planeta. El lugar apesta y el hálito que emanan sus fauces vacías es abominable. Soy tocado por todas partes. Mi desnudez se resiente de vergüenza y el tacto áspero de manos huesudas me escarapela la imaginación. El ambiente parece el recodo de un río atorado por cuerpos ahogados y el efluvio que sale de ese albañal es nauseabundo. No sé si es el infierno, pero no hace calor. Todo está es miasma permanente y pareciera que el reciclaje de los recién llegados es el procedimiento habitual para mantener el hábitat. En cualquier momento integraré la tropa del nuevo contingente.


Debo escapar de acá. No tengo las condecoraciones necesarias para honrarlo.

Un cuento del escritor y médico peruano Oswaldo Castro.✍

Texto incluido dentro del Quinto número la Revista El Axioma 🌘

Sitios desolados por la pandemia. San Cristóbal de las Casas.

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