LAS BONDADES DE LA TERAPIA| Carlos Enrique Saldívar

LAS BONDADES DE LA TERAPIA

Carlos Enrique Saldívar

(Perú)

—Luise —le dijo su psiquiatra—, en tu caso, la cirugía radical de sexo era el único camino, los médicos han hecho un trabajo excelente.

—Lo sé, doctor, y se lo agradezco. No lo hubiera sabido sin su orientación. Además, me hizo comprender lo que haría sufrir a mi familia seguir con la persona de Luisa más tiempo.

—Claro, nos vemos la próxima semana para tu terapia de sostenimiento.

La(el) paciente se retiró feliz de ser ahora hermafrodita. En especial, tomando en cuenta que en los seres humanos hasta hacía pocos años no existía el hermafroditismo tal cual, pero la ciencia rebasó límites, los legalizó y en esta época cualquier individuo de mediana economía podía tener los órganos reproductivos de los dos sexos, masculino y femenino.

Ya no se llamaba Luisa. En adelante le dirían Luise.

Pensó en Luis. No era Luisa y Luis a la vez. Era un tercer sujeto diferente de los dos mencionados, uno renovado, que no dependía del pasado, ya que nunca se sintió contenta/o como Luisa, a pesar de que nació como mujer.

¿Quién era Luis? Se trataba de un lado que siempre adoró; no fue Luis, mas quería a Luis. Era parte suya, un lado bueno que se hallaba la mayor parte del tiempo en su interior.

Cuando se sentía como Luis, correr a los bares en busca de mujeres con las cuales acostarse resultaba sensacional. Como Luisa, también le atraían solo las damas, pero se sumergía en relaciones caóticas.

Los primeros días las cosas marcharon bien. Regresó a su trabajo de secretaria(o) en las oficinas de una empresa privada, hacía todo tipo de labores con buen humor y eficacia. Adoraba su profesión. Por momentos recordaba que hacía unas semanas estuvo a punto de perderlo todo.

Las crisis sobrevinieron en su adolescencia, aunque escasas; con tratamiento psiquiátrico consiguió dominar el mal que la(o) aquejaba. Pronto cesaba de pensar en tales episodios, quería comenzar de nuevo, dejar atrás las experiencias negativas.

Durante los primeros meses no hubo problemas. Hasta el día de su cumpleaños.

Todo se suscitó en plena reunión familiar. Tuvo que huir de la fiesta sorpresa que le habían dedicado. Las ganas de asesinar habían vuelto. Se fue a un hotel, logró encerrarse, tiró la llave por la ventana y tomó pastillas para dormir. Al despertar, le abrieron, fue a la clínica El médico se lo había explicado: ahora era un sujeto distinto, era Luise. No obstante, Luisa aún se manifestaría dentro de su psique de vez en cuando. Necesitaba derrotarla.

—¿Por qué no viniste a las terapias? —dijo el doctor, enojadísimo—. La operación logró una mejora del 98 %. Para poder curarte definitivamente tienes que confiar en la terapia.

La terapia implicaba sesiones de meditación en un cuarto de espejos, donde el paciente se enfrentaba en luchas mentales contra su yo del pasado, hasta que lograba derrotarlo y dejarlo atrás, junto con todas las tropelías que este yo del ayer hubiera cometido o pensado.

Ocho sesiones, una vez por semana. No estuvo mal, los deseos de asesinar ya se habían marchado. Lo extraño aconteció al regresar a casa una noche, tras ir a beber con amigos, luego de que todos se enteraran de que era Luise. Lo habían aceptado tal cual, ni hombre, ni mujer.

No le importaba que quizá hallara dificultades en el amor, en formar una familia, tener hijos; todo ello estaba lejos de sus planes.

Lo que más le interesaba es que había vencido a Luisa, y que nunca hallarían el cadáver de Pamela. De pronto se dijo: ¿Qué Pamela? Estoy olvidando todo lo malo. Solo he guardado lo bueno en mi memoria. Bendita terapia. No obstante, el doctor me dijo que debía tomarlo con calma y estoy siguiendo una vida loca, mejor descanso.

Como se ha mencionado líneas atrás, sucedió una cosa inaudita.

Luise se bañó sin mojarse el cabello corto, cenó, se lavó los dientes, miró un poco de televisión, una serie policial, estaba muy buena. Por un instante, la sangre la hizo moverse en su sillón, empero, su mente bloqueó el recuerdo al instante.

Estaba cansada, apagó todo, deseó verse una vez más en el espejo, esta vez en el de la sala, pues sentía una comezón en la frente.

Allí lo vio, era Luis. Era ella(él) misma(o), alguien que nunca fue, pero que siempre estuvo latente dentro de sí, a pesar de que se crió y educó como Luisa. Claro, Luis siempre estuvo ahí, y eso era bueno, porque esa su parte amable, aquello que frenaba a su yo maligno de cometer actos execrables (aunque no pudo detenerse algunas veces). Los deseos de hacerles daño a otros no eran constantes, venían por temporadas breves. Para su fortuna, la justicia la derivó al psiquiátrico.

Luis, allí estás, te extrañé. ¿Será esto parte de la terapia? El médico no me lo dijo.

Mejor así, es una agradable sorpresa. Sobre todo cuando sientes que Luis sale del espejo, se acerca a tu realidad, te besa los labios y el cuello; puedes tocarlo, olerlo, recién duchado. Pierdes el sueño. Sabes que quieres amar, que serás una persona correcta en adelante y que podrás hallar el romance añorado en ese otro yo que se va contigo de la mano a la cama y que te dice con ternura: Luise, te estuve esperando durante toda mi vida, oculto en un mundo del cual me he liberado, gracias a que seguiste las recomendaciones de tu doctor.

La excitación en los genitales masculino y femenino de Luise se ensanchó hasta niveles que nunca antes había experimentado. Pensó en la esplendorosa sesión de sexo que tendría.

Esto ya no es parte de la terapia, es el amor, lo hallaste, dormirás con él y permanecerás a su lado hasta que se hagan viejitos juntos, y juntos se irán de la existencia dentro de mucho tiempo porque están ligados por fuerzas incomprensibles y preciosas. Qué importa que otros lo entiendan o no. Es el inicio de una aventura poética. Luise y Luis al fin unidos.

Luisa , Luis y Luise.

Microrrelato por el escritor peruano Carlos Enrique Saldívar ✍

Seleccionado dentro del Reto CREATIVARTE #6: Romances Inesperados Inesperados 💌🌘

Febrero, 2021.

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