Morrera Letal | Daniel Canals Flores

MORRERA LETAL

Por Daniel Canals Flores

(España)

Un invierno cualquiera…

Por desgracia, las noticias del televisor mostraban una imagen ya habitual. Aquel individuo, muerto y tirado en medio de la nieve, había recibido el disparo en pleno rostro… no llevaba ninguna protección. Tratando de justificar la macabra acción policial, el motivo del deceso era narrado por el presentador con todo lujo de detalles: el presunto delincuente permanecía en la calle sin la correspondiente mascarilla de seguridad y no solo eso, además, escupía a los agentes. En estos tiempos de pandemia, la gente aplaudía este tipo de acciones por parte de la autoridad. Los policías se hacían selfies junto al cuerpo, como un grupo de cazadores rodeando a un ciervo tras la jornada de caza, su trofeo. El lunes decidí, sin falta, ir a recoger las mascarillas facilitadas por el gobierno; estaba demostrado que salir sin ella puesta era toda una temeridad.


Esa misma mañana, con la cara cubierta con una toalla ajustada, simulando la protección, me dirigí a la farmacia del barrio:


—Hola, buenos días, ¿tienen las mascarillas gubernamentales?
—Sí, pero se ha caído el sistema informático y no podemos dispensarlas, vuelva mañana —respondió indiferente, la chica.


Regresé a casa, hacía frío.


El martes, sobre las doce de la mañana, me dirigí a la farmacia, de nuevo. Cogí mi bastón más por calcular de forma correcta la distancia social que por la necesidad de apoyo. Era una herramienta útil y disuasoria a la vez. «El arma del pobre», no pude dejar de pensar con cierta ironía.


—Hola, buenas, ¿tienen las mascarillas gubernamentales?
—No, han llegado unas cuatrocientas, pero las hemos repartido todas; vuelva mañana —respondió, la misma chica, mascando chicle. La delataba el movimiento de la mascarilla producido por su ancha mandíbula.
Ya en casa la televisión seguía graznando cada cierto tiempo: “Recojan sus mascarillas, es obligatorio llevarlas para salir al exterior”. Seguían mostrando imágenes de cadáveres desnudos sin ellas.

Esa misma noche, como un fantasma, aparecí a una hora intempestiva y glacial: las cinco de la mañana.

Los establecimientos farmacéuticos estaban obligados a estar de guardia así que me arriesgué, aun sabiendo que el ejército patrullaba por las calles durante el toque de queda. Solo era posible salir por un motivo de emergencia justificada.

Una somnolienta mujer me atendió con desgana:

—¿Qué desea? —Buenas noches, ¿tienen las mascarillas gubernamentales?

Su mirada traslucía una mezcla de incredulidad y odio al haberla despertado por esa nimiedad.

—No tenemos, no llegan hasta el jueves. Si lo prefiere, hay otra más cara con filtro especial.

Mientras hablaba, jugueteaba con una caja de la citada mascarilla entre sus manos.


—¿Qué precio tiene esa? —pregunté aun sabiendo que no la iba a poder comprar.
Con una invisible sonrisa lobuna bajo su mascarilla, respondió:


—Valen doscientos dólares la unidad.
Eso representaba casi el sueldo de un mes y las gubernamentales eran gratuitas, así que preferí resignarme a marcharme sin ella. Al entrar en casa, reñí con mi esposa:


—¿¡Se puede saber de dónde vienes a estas horas con la que está cayendo!?, ¡estás loco perdido!


No quise discutir y volví a acostarme. El jueves, cogí el bastón de nuevo, me protegí la cara con la toalla y salí por enésima vez con la misma misión.

Esperando en la cola, me distraje observando al resto de clientes de la farmacia; la mayoría de ellos eran unos “sin mascarilla” como yo mismo. Me divertía descubrir cómo se las ingeniaba la gente para disimular que iba protegida: ropa interior de ambos sexos acondicionada con estratégicas puntadas, filtros caseros a base de papel de cocina, simples trapos multicolores…


Uno de ellos llevaba, simplemente, media cara enrollada con papel higiénico. «Para tener la colección completa solo me falta uno que lleve el bozal de su perro», pensé, haciendo gala de mi ingenio. A lo lejos, por una calle aledaña pasó una pareja de policías, creándose durante unos instantes, una expectante tensión en la aterida fila. Tras una larga espera, volví a encontrarme con la chica de principio de semana:


—¿Han llegado ya? —disparé sin miramientos ni formalidades.
—Sí, pero…
—Pero qué…
—Las hemos tenido que retirar porque eran defectuosas. Han traído una partida sin los correspondientes certificados internacionales y las van a devolver al país de origen. Tenemos otras más caras o, si lo prefiere, inténtelo de nuevo el próximo lunes.


—¿No abrís el sábado o el domingo?
—No y le agradecería que despejara la cola si no va a comprar nada.
—Maldita perra… —musité bajo la toalla.
—¿Cómo dice?


Me largué. Discutir con las fuerzas del orden, los funcionarios públicos o los sanitarios estaba castigado con severas penas. Aquella situación era tragicómica, más de lo primero que de lo segundo. Si no llega a estar la verja metálica de seguridad… la mato.


De regreso a casa, abatido, volví a detectar a la anterior pareja policial; andaban buscando carnaza para sus informes, así que desvié mi ruta del camino habitual internándome por un estrecho y lúgubre callejón. Al final del mismo, alguien atrajo mi atención desde un desvencijado portal:


—Pst, pst…
—¿Qué quiere?


Un sujeto, con un aspecto bastante desagradable, pretendía mostrarme algo. No llevaba ningún tipo de protección y parecía nervioso. A lo lejos, se escuchaba una voz amortiguada proveniente de un megáfono policial: “Permanezcan en sus casas, les recordamos que es imprescindible el uso de…”.


—Tengo mascarillas, jefe. Son legales, provienen de un robo en un almacén estatal —añadiendo—: son las que usa la policía.


Escuchar aquello terminó por agotar mi erosionada paciencia.


—Te las puedes meter por el culo.
—Muy bien, gilipollas, ves a buscar esas gratuitas que da el gobierno y solo sirven para cuatro horas de uso.


No fue el comentario lo que encendió mi ira, fue el tono despectivo que había empleado, el asqueroso. Un instinto asesino, nacido desde mi propia visceralidad, ajeno a ningún razonamiento previo, desembocó en una repentina y peligrosa psicopatía. La tensión acumulada, durante aquellos días, pudo conmigo y me ofusqué. Apreté mi mano sobre la empuñadura del bastón y lo descalabré de un solo golpe, con la misma frialdad que un matarife sacrifica una res. El tipo cayó hacia atrás con los ojos abiertos; la brecha provocada en su cuero cabelludo manaba sangre a borbotones y, tras unos breves espasmos, quedó rígido y blanco como el papel, muerto en el suelo. Sin pensar, cogí la bolsa con las preciadas mascarillas y emprendí la fuga dejándole tirado. Ni siquiera me tomé la molestia de ocultar el cadáver dentro del oscuro portal.


Mis errantes pasos me llevaron a través de los callejones hasta la zona industrial donde encontré refugio en un viejo almacén abandonado al que accedí por una ventana rota. Allí mismo, un desvencijado sofá ofrecía sus muelles oxidados y el particular aroma a podredumbre. Me tumbé, entumecido y agotado por la emoción. Desperté ya casi de madrugada, por el ruido provocado por una rata haciendo malabarismos sobre una botella. Tenía hambre y sed; más sed que hambre. Oriné en una de las destartaladas paredes, recogí la bolsa y salí al exterior. La pertinaz ventisca que azotó mi rostro me convenció en la idoneidad de regresar a casa; hablaría con Clara, mi esposa. «Le pediré consejo: entregarme o tratar de olvidar el desgraciado suceso». Protegí mi cara con la toalla, (las mascarillas eran demasiado valiosas para desperdiciarlas con la humedad), y me embutí en la tormenta.


—¡Las conseguí! —pronuncié, medio eufórico, nada más entrar por la puerta.


Nadie, en casa no había nadie. Tuve que demorar el segundo latido de inquietud para satisfacer lo primario: la sed. Arranqué la toalla casi congelada de mi cara y permanecí amorrado al grifo de la cocina durante un buen rato. Satisfecho, permití continuar al miedo interior: «¿Dónde está Clara?». No tardé mucho en averiguarlo; una exigua nota sobre la mesa del comedor clarificó la situación:


No lo soporto más. He recogido mis cosas y regreso junto a mis padres, procura no acercarte por allí.

Clara


La sangre se coaguló de golpe en mis venas. Es cierto que no le había podido dar la vida que se merecía, quizás teníamos algunos problemas, podía aceptar que yo mismo era un tanto extraño y poco cariñoso, pero nunca hubiese imaginado esto. «Maldita perra, me abandona cuando más la necesito».

Decidí huir hacia las montañas, la nevada inminente retrasaría cualquier intento de persecución. Ajusté como pude un abrigo sobre mi escuálido cuerpo, rellenando el espacio interior con periódicos viejos para conservar mejor el calor, cogí las botas, unos guantes raídos y tiré mis escasas pertenencias incluyendo mi tesoro, dentro de una maleta de cartón. Ajustando la toalla, de nuevo, regresé a la intemperie.


Anduve deprisa, ocultándome en las sombras y sin mirar atrás. Cerca del extrarradio de la ciudad el cansancio hizo mella en mí y paré a descansar ante un bazar que ofrecía, en su escaparate, algunos televisores reparados de segunda mano. Un par de ellos estaban encendidos y pude ver la noticia con total nitidez: habían encontrado al facineroso del callejón e iban a la caza del asesino. Una anciana que había contemplado el crimen desde su balcón, proporcionó a la policía una descripción detallada del agresor que incluía la toalla facial y el bastón.


Lancé el bastón al interior de un contenedor de basura y seguí con la maleta a cuestas. El único testigo de aquel momento fue un cartel que rezaba: “Prohibido escupir”. Pasé toda la noche luchando contra la ventisca: cansado, hambriento, atormentado por los recuerdos…, con la única esperanza de atravesar la frontera. Amaneciendo, bajo un cielo encapotado, vislumbré la alambrada que separaba la muerte de la vida, la sinrazón de la cordura.


Todo me pesaba, el abrigo, las botas, la maleta… esta última estaba tan empapada que me vi en la obligación de abandonarla al lado de un árbol. Más ligero, llevando como único equipaje la tan preciada bolsa de mascarillas, inicié el ascenso por la nívea ladera contemplando a lo lejos mi anhelado destino.

¿Sabéis el esfuerzo que implica caminar sobre la nieve blanda recién caída? Cada paso es un suplicio y una distancia mínima se convierte en una quimera. Tras una hora, tratando de desplazar mi cuerpo, solo había cubierto una tercera parte del trayecto.
Escuché el ladrido de varios perros y eso provocó el aceleramiento de mis pasos. La nieve estaba sembrada con los restos de los periódicos que se escurrían bajo el abrigo dejando una señal inequívoca: no lo iba a conseguir. No obstante, como la vida combate siempre ante la presencia de la muerte, seguí luchando con la escasa energía que me quedaba, aferrado a la bolsa. Un paso, otro, un periódico, un disparo… a escasos metros de la última frontera de la existencia.
Con la mirada borrosa, aun las vi flotar al viento cual palomas al vuelo.

Cuento por el escritor español Daniel Canals Flores

Publicado en el Quinto número de la Revista Literaria 《El Axioma》 (2020)

Disponible en Lektu

El Axioma Quinto Número

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