El Arma Arcaica| Marlon Jiménez

EL ARMA ARCAICA


Marlon J. G. Jiménez R.

(Venezuela)


Los conflictos biológicos habían causado miles de millones de muertes a través de las galaxias, dejando tras de sí destrucción y sufrimiento, pero sobre todo, extinción; un destino del que la humanidad intentaba huir desesperadamente.

Las decenas de millones de muertos a través de los 33 años de guerra contra grandes imperios y feroces enemigos, habían hecho mejores y más fuertes individuos en la especie, junto con las innumerables mejoras tecnológicas, robadas e inventadas en el transcurso de la sangrienta masacre espacial, pero cada vez más escasos.


La envergadura del conflicto exigió que todos los individuos dejaran de ser civiles y se convirtieran en efectivos de la guerra en todos los frentes; desde agricultores hasta altos mandos. Todos vivían y respiraban la guerra de manera obsesiva desde una idea vaga al momento de nacer, hasta convertirse prácticamente en la razón de vida asumiendo la idea de que solo se tendría paz hasta que se lograra la victoria total, al menos en el rincón correspondiente del espacio.


Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la especie, de las mejoras cibernéticas convirtiendo a casi todos los humanos vivos en cyborgs multiresistentes a infinidad de enfermedades; las victorias solo se resumían a lograr defender el planeta y la luna de los intentos de invasión, convirtiendo los frentes de defensa en verdaderos cementerios galácticos.


La luna mostraba un nuevo rostro, uno agrietado y emparchado de abundantes cráteres tras las tres décadas de guerra, huellas de las grandes explosiones nucleares en represalia de la humanidad contra las incursiones diversas de los invasores. Y algunos sitios en la tierra, se declararon zonas restringidas en donde nadie no modificado podía ingresar gracias a la alta contaminación biológica en la guerra armamentística más colosal que jamás se había librado.


El desgaste de combatir a múltiples razas, en muchos sitios distintos y dejando tras de sí alianzas rotas, aunados a la cada vez más intensa disminución de la población por la aparición de más patógenos infectantes virales y bacterianos extraterrestres, habían empujado a la humanidad a la desesperación. Sin duda, el poder armamentístico se veía limitado por la falta de efectivos que de a poco corroía las filas de la especie.


La evolución de la ciencia médica aunque se había acelerado a velocidades astronómicas, se veía superada por la tecnología más avanzada de las otras razas beligerantes, hecho que se vio patente cuando una raza invasora del sistema Próxima Centaury llegó a la tierra. Una raza guerrera cuya forma estaba en su aparente cúspide biológico-evolutiva como masas gelatinosas, multiformes cohesionadas a través de una pieza metálica que emitía pulsos magnéticos manteniendo sus moléculas unidas y absorbiendo cual amibas todo material biológico a su alcance.


Inmunes a disparos, a radiación y a casi cualquier patógeno utilizado hasta el momento por cualquiera de sus enemigos en la guerra interminable, absorbiéndolos e integrando la información genética a su propio sistema siendo cada uno de ellos el arma biológica perfecta. Lo cual había hecho de su avance en la guerra fuera casi indetenible, extinguiendo bajo sus invasiones a más de 6 civilizaciones intergalácticas hasta llegar a la tierra.


Sólo medianamente susceptibles a las temperaturas extremas, deshidratándose hasta convertirse en coágulos mucosos con el calor y en cristales de hielo con el frío. Habían llevado la guerra biológica al extremo, el simple toque de uno de ellos a cualquier de sus enemigos despertaba una respuesta inflamatoria sistémica y un shock anafiláctico tan severo que desencadenaba en la muerte de la víctima a los pocos minutos; incluso los cyborgs más avanzados sucumbían a la capacidad infectante de estos seres, prácticamente no existía organismo vivo inmune a ellos.


Ni siquiera el Virus de Liponecrosis Generalizada, que había hecho tantos estragos en la humanidad en el principio de los tiempos de guerra, afectaba a esta raza conocida como “Blobs”, que a través de unos pocos ataques habían absorbido parte del material genético humano y transmitido entre ellos cuales bacterias asimilando plásmidos. Al parecer el momento culminante de la humanidad había llegado.


Un brote de una enfermedad empezó a afectar a algunas colonias humanas, como si se tratase de otro ataque biológico, y que también avanzaba rápidamente; empezó a manifestarse como fiebre y erupciones en boca y garganta que posteriormente se esparcían por toda la piel del individuo convirtiéndose en vesículas, luego pústulas que reventaban para dejar cicatrices en forma de hoyos, dejando a los enfermos en gran estado de postración y marcados de por vida; a lo menos afortunados, trayéndoles la muerte entre fiebres, dolores de cabeza incapacitantes y vómitos y diarrea que terminaban por deshidratarlos, de alta infectividad se esparció pronto entre los supervivientes haciendo necesario desviar la atención de la guerra hacia la búsqueda de una cura y la solución.
Para sorpresa de los científicos, el patógeno causante de este brote tan extraño pero familiar, no era un arma biológica extraterrestre, ni un bicho mutado con ingeniería genética alienígena; sino un enemigo muy antiguo, un patógeno natural creado por la propia naturaleza para controlar la población humana en los albores de su nacimiento; uno que era sumamente letal, y cuyo único huésped biológico conocido era el ser humano. Un enemigo que se creía extinto en el siglo XX durante la primera e histórica campaña mundial de vacunación y la propia causa de la creación de ellas: La Viruela.


EL arcaico Pox Virus había resurgido de su tumba en el permafrost gracias al calentamiento global acelerado por las guerras, transmitiéndose por el aire a partir de sus reservorios humanos congelados durante miles de años; pero esta vez, no sería el azote de la humanidad, sino su salvación. Su resurgimiento desempolvó antiguos conocimientos e hizo que la vacunación en contra de él se usara para protegerse a su exposición, mientras los campos de batalla se rociaban con sus esporas haciendo que los temibles Blobs se desintegraran en bolsas de pus gigantes que estallaban dispersando la infección entre sus congéneres.


Gracias a su resistencia comprobada a las bajas temperaturas y ambientes carentes de oxígeno, se prepararon ojivas biológicas con el “Arqueo-Pox” que serían la vanguardia de la humanidad en su resurgimiento en la guerra; pronto se aprendió a añadir su secuencia genética a plásmidos dentro de otras armas biológicas y la Escherichia coli-Pox sería la clave para la derrota definitiva de las razas que colonizaban el sistema solar.


El antiguo virus que había causado miles de millones de muertes en la historia de la humanidad, desolando ciudades, acabando familias y tribus enteras, que había sido un flagelo y un peligro latente en el distante pasado; era el arma que daría esperanza y nuevos bríos e impulsos a la humanidad en La Guerra de Los Bichos.


Guayaquil, Enero 2021.

Segunda parte de : La Guerra de los Bichos

Por el escritor venezolano Marlon Jiménez.

Un futuro distópico

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