Chencho

Chencho

La abuela tenía un amigo peculiar. Contaba con un pico curvado , unos ojitos graciosos y unas alas verdes, pero no podía volar. Ese era Lorenzo, un pequeño lorito jocoso y hablador. 


Cada mañana, sacaba al patio a su emplumado amigo en su jaula, ella le abría la reja y dejaba que saliera a pasear.
El pobre pajarillo tenía corta las plumas de su cola y un poco las de sus alas, condición que no le dejaba emprender vuelo.
Siempre salía de su jaula y saltaba por los lazos de los tendederos y se paseaba hasta llegar a un árbol de durazno, donde le gustaba comer las flores, algunas veces las arrancaba, por el simple hecho de adornar el suelo con flores rosas. A veces las lanzaba sobre las gallinas de la abuela, tratando de cortejarlas. 
A el gallo Julián no le gustaba aquello. Así que cuando podía, subía donde estaba el lorito y le perseguía por momentos. Y algunas veces se ponían a platicar. Aunque parecían rivales, los dos se llevaban regularmente bien, al ser los dos únicos machos emplumados con quienes podían estar.
– Hoy he visto pasar a una parvada de pericos. 
Dijo Lorenzo al gallo Julian, quien se hallaba en la cima de una torre de blocks de construcción en medio del patio.
– Ha de ser tu imaginación. 
Mencionó amargado el gallo.

– No creo. Me he subido hasta la punta del durazno y los he visto volar como a dos casas…- El pequeño lorito miraba hacia el cielo con cierto brillo en los ojos. – Algún día podré volar como ellos.

El gallo lo observó ilusionado y exclamó;

– ¡No lo harás ¡ La patrona no te dejará.

A lo que el lorito contestó;

– ¡Lo haré¡ ¡Lo haré ¡ Y tú serás caldo de estofado cuando pasé. 

Diciendo eso , el gallo se enojó.  Y trató de perseguir al pajarito. Momento en donde Lorenzo saltó y dio unos pequeños sobrevuelos hasta llegar a unas ramas.

El lorito pasaba los días buscando la manera de poder volar.  Aunque la abuela solía cortarle las alas muy a menudo. El trataba de pensar en algún día que se le olvidará hacerlo.  Tal vez algún día se le olvidaría y podría aprovechar.

Cierto día. El se acicalaba en la cima del árbol.  Estaba concentrado picando sus plumas cuando alguien habló. Las ramas se movieron, como si alguien se posara sobre ellas.
– Hola…
Dijo una pequeña cotorrita. Lorenzo volteó temeroso y algunas plumas salieron disparadas.
-¡ Ho…holaaa¡
Exclamó tartamudeando.
– ¿Estás bien ? No tengas miedo. Soy como tú.
– Perdona … nunca he visto a alguien como yo cerca.
– Oh ya veo… he pasado por aquí volando y te he visto siempre parado en este árbol.  ¿No puedes volar?
El lorito se quedó callado. Y su piquito se sonrojó, apenado, sin saber que contestar.
– No …no puedo.
Dijo cabizbajo.
– ¿Por qué?
Preguntó la cotorrita curiosa. En lo que Lorenzo se acercó y mostró como parte de sus plumas estaban cortas y algo mal recortadas.
– ¡Oh¡ Qué pena.  ¿Quien te ha hecho eso?
Preguntó triste la pajarita.
– Me lo ha hecho mi dueña… no quiere que me escape. 
– ¡ Qué delito¡ Todos deberíamos ser libres. Tengo un grupo de amigos con quienes volamos de aquí, para allá, hasta llegar a los cerros… – dijo y vio a su compañero desanimado – ¡Mira! Te ayudaré a volar.

El lorito no creía lo que decía. Pero sus ojitos brillaban.

– ¿Cómo ?
Preguntó. 

– Te daré algunas de mis plumas. 
– ¿Harías eso por mí? ¿Por qué , si te acabo de conocer?

– Todas las aves somos familia.  Es mi deber.

Diciendo eso. Se agachó un poco y se quitó unas de sus largas plumas.  Luego voló hacia el suelo y recogió unas plumas de las gallinas. Tras eso, las juntó y picoteo al árbol hasta obtener un poco de resina color ámbar.
Se acercó a su pequeño amigo y unto cada una de las plumas en la resina. Hasta que con su pico fue pegándolas en las alas de Lorenzo. 

– Extiende las alas.
Dijo animada y prosiguió.

Lorenzo no podía creer lo que hacían por él.  Pero observó animado cada una de las plumas que pegaba su amiga verdecita.

– ¡Ya está ¡
Dijo alegre.

– No sé como agradecerte. Por cierto ¿cómo te llamas ?

– Me llaman Violeta.  ¿Y tú?

– Mi dueña me llama Lorenzo.

– ¡Genial ¡ Te llamaré Chencho.

Dijo la pajarita y empezaron a reír.
Lorenzo cortó unas flores y se la pegó a la cabeza de su nueva amiga.

Y así los dos pajarillos escalaron hasta llegar a la cima del árbol y emprendieron el vuelo.  Al principio  Chencho parecía desplomarse.  Hasta que el gallo Julián  dio un gran salto , impulsando a su amigo hacia el cielo. Pronto Lorenzo logró volar, tras años de estar en cautiverio, alcanzó los cielos, junto a una amiga peculiar.

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Lorenzo y Julián

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