Sin Rumbo

Sin Rumbo

Ajedsus

“Caminas y caminas, te caes y levantas, sancionas y torturas, pero llega el tiempo donde todo se revierte… donde la tercera ley esencial de la naturaleza de las cosas  se activa… El Karma.”

> San Cristóbal de las Casas , Chiapas. A 23 de Noviembre  del 2018. – [ 3: 00 hrs]

Tres vehículos de la Policía Federal van a máxima velocidad en la carretera rumbo a Ocosingo, persiguiendo a dos camionetas blindadas las cuales son sospechosas de secuestrar a pobladores de la capital chiapaneca, además de los cientos de denuncias de extorción a un número específico de celular  el cual se había triangulado dentro de una de las camionetas que ahora perseguían.

La carretera se hallaba a oscuras, los pequeños señalamientos viales fosforescentes desaparecían como pequeños destellos amarillos y blancos en la negra noche y la presencia de una pequeña neblina distorsionaba mucho lo que pudiese haber a varios metros adelante de sus narices, un pequeño escalofrío empezaban a sentir los conductores dentro de los Charger V8 de la policía federal de caminos, sin duda tenían vehículos rápidos y hasta con un pequeño blindaje, pero llegaban a ser obsoletos ante las camionetas Suburban último modelo que usaban los sospechosos, que por obvias razones, se miraban modificadas en caso de encontrarse en una situación de persecución.

El oficial Miguel Alfonso Rodríguez Gómez empuñaba en su asiento su fusil de asalto M16, esperando con ansias el momento en donde los sospechosos se detuvieran o disminuyeran la velocidad para empezar a disparar o interceptarlos embistiéndolos. Rodríguez era un joven chiapaneco de 28 años, de origen sancristobalense, por lo que las temperaturas templadas en donde se hallaban no le afectaba   en lo absoluto, este había escalado mucho para llegar al puesto en donde ahora estaba, el superar pruebas, ejercicios y exámenes profesionales le había otorgado el puesto que ahora poseía. Su estatura era de 1.80 y su tez de apariencia entre clara y morena, sus ojos fríos y calculadores, y una pequeña barba le recubría el mentón. Este tenía puesto su traje táctico oficial, pero en su cuello colgaba una pequeña estrella de cinco picos, esta para él tenía mucho significado por lo que siempre la cargaba para protegerse de malos engendros, tal como los que acostumbraba a perseguir día a día, aunque en gran parte de las veces este actuaba como verdugo de los insolentes que caían en sus manos, por obra de una infracción o acto ilegal.

  • ¡Aquí el Oficial Rodríguez reportándose! ¡Estamos persiguiendo a los sospechosos por la carretera del kilómetro 199! No se ve interés de que bajen la velocidad y mucho menos que quieran detenerse…

Comunicó el oficial en el radio que dirigía su señal a la base próxima. Ya que se registraban datos para dar un mejor seguimiento a la persecución que se llevaba a cabo.

 

  • Tal parece que esto nos llevará toda la noche. ¡Hay que darles un tiro de gracia para hacerlos parar de una chingada vez!

Exclamó el Oficial Oscar Medina Sarmiento, compañero de patrullaje del oficial Rodríguez. Este tenía 40 años y  era de porte firme. Tenía un cuerpo fornido, algo demacrado por los golpes de la vida pero de tez morena y con un mostacho cortado en su cara.

Las dos suburban siguieron avanzando entre la  oscura carretera, hasta que estos tomaron un camino alterno, llegando a meterse entre una terracería, que se adentraba en un camino aún más espectral y lleno de neblina, cientos de fríos pinos alzaban sus picos sobre el terreno boscoso.

Al ver aquello, los dos vehículos de los compañeros de Rodríguez y Sarmiento se adentraron en aquel lugar. Aun desconociendo un poco sobre lo que se podrían encontrar.

En ese momento se escuchaban algunas ordenes en la radio, tal como “Tengan cuidado en estos terrenos, son de ejidales indígenas…” , “¿Es normal que haiga tanta niebla?…” Las voces se escuchaban entre estática y solamente los faros de los automóviles alumbraban parte del camino. De pronto el celular de Rodríguez empezó a timbrar, al escuchar esto, el oficial atendió al llamado. Él lo sacó de su bolsillo en su chaqueta y al  observar su dispositivo, pudo darse cuenta que un mensaje había entrado. Alfonso se miró un tanto desconcertado, dado a que en aquellos parajes no había señal, por lo que confundido abrió el mensaje que tenía como remitente un extraño “¿6?%?”. Al abrirlo, pudo encontrar el siguiente mensaje;

{ Por lo que más quieras, no sigas en ese camino. Si lo que deseas es seguir viviendo, te recomiendo retornar a tu destino…}

Al mirar aquello, él oficial logró sentir como un escalofrío recorría de forma penetrante a todo su cuerpo. Tras ello, este guardó su celular y observó el lugar en donde se estaban metiendo. Todo se resumía en un angosto camino, donde una gran maleza se levantaba y árboles tétricos se elevaban del suelo cubriendo el manto nocturno y nublado. Poco se miraba en ese lugar por las condiciones húmedas del clima. Al ver eso, el oficial dirigió la palabra a su compañero que conducía rápidamente, saltando sobre algunos charcos y tambaleando en el camino lodoso.

  • Sarmiento…No creo que sea buena idea meternos en estos lares. Dentro de mis informes y en los mapas de esta zona, no tenía contemplado de que existiera un camino como este. Además no tenemos más apoyo, que los cuatro soquetes que van en aquellas patrullas.

El oficial Sarmiento, observó  de reojo a su compañero y chasqueó los dientes. En lo cual contestó;

  • ¿Apoco el gran Rodriguito tiene miedo de entrar en este lugarcillo?… No sea miedoso compa. Solamente con nosotros seis podremos atrapar a esos vándalos. No hay necesidad de más personal. Y no tenga pena, que machitos nos hacemos con estos fusiles entre las piernas.

Rodríguez observó a su amigo con un poco de consternación, a la vez que  tosía un poco. Segundos más tarde, ellos salieron de la vereda boscosa para entrar a un espacio despejado, en donde campos de cultivo se observaban a las laterales, milpas y árboles de manzana se miraban a los lados.  A lo lejos se podía mirar una gran cabaña de madera que tenía sus luces prendidas. Cerca de esa casa, habían dos grandes graneros y un caballo amarrado en un tronco a las afueras del granero más lejano. Los dos autos sospechosos se miraban estacionados en un campo de cultivo y las dos patrullas que se habían adelantado, tenían sus luces centelleando a unos metros de la entrada del ejido, esperando tal vez a sus compañeros que aún conducían en dirección a ellos.

La patrulla de Sarmiento se estacionó cerca de sus compañeros y los dos bajaron para encontrarse con ellos. Estos estaban cargando municiones en sus fusiles de asalto y a la vez se colocaban sus mascarillas acolchadas para cubrirse del frío.

  • Hasta que llegan par de inútiles.

Dijo un pequeño oficial moreno llamado Hernán Gómez.

  • Es un terreno inestable camarada. Era venir tranquilos o volcarnos.

Mencionó Sarmiento, mientras que a su lado se hallaba su compañero Rodríguez pensando y observando hacia la hacienda. Una pequeña aura de perturbación desataba el ver a aquel sitio.

  • ¿Te ha comido la lengua el Medina o que Alfonso? Te miras muy callado, sabiendo que eres muy hablantín.

Preguntó el oficial Cuvier López. Este tenía una barba un poco abultada en la cara, y media apenas 1.70, su complexión era robusta y algo rechoncha.

  • ¡Para nada! — exclamó riendo un poco — Solamente este lugar me da mala espina. ¿Qué órdenes nos han dado en la Central? ¿Van a llegar más unidades a echarnos la mano?

El joven miró a sus compañeros y estos empezaron a reír meneando la cabeza.

  • Para nada amiguito. Nosotros somos más que suficientes. Así que a trabajar señores.

Contestó el oficial al mando Carlos Hernández. Este se adelantó hacia la entrada, cargando su fusil y sus compañeros le siguieron el paso.

El oficial Cuvier se dirigió a las camionetas  junto a su compañero, un pequeño joven llamado Julio Pérez, este tenía apenas unos meses dentro del cuartel y era un completo novato ante este tipo de persecuciones, en ese momento, el chico se miraba un poco inquieto y mirando hacia todos lados. Ellos  rompieron los cristales polarizados para abrir las puertas de los autos,  dentro de ellas lograron encontrar a dos chicas asustadas, quienes tenían un trapo cubriendo sus bocas, seguramente para que no gritaran, ni hablaran. Los policías las sacaron del auto y Cuvier le indicó al chico Julio que las llevara a la patrulla y tomara datos sobre lo que les había sucedido.  Después  Cuvier registró la siguiente suburban y solamente se encontró con unas cajas con cargamento de drogas y algunas botellas de licor, una pequeña imagen de la “Santa Muerte” pendía del espejo retrovisor que se hallaba dentro de la suburban.

 

Él oficial Medina y Rodríguez entraron a la gran cabaña que se hallaba ahí y lo que se encontraron fueron a una pequeña fogata encendida dentro de un tipo de fogón que alumbraba tenuemente algunas partes oscuras del área. A la vez que un gran altar con una gran Santa Muerte en medio de un aposento con flores, billetes y botellas de trago, con decenas de veladoras azules que desprendían una tenue flama roja y centellante,  en las paredes se miraba adornado con una serie de símbolos extraños y algo paganos. En el transcurso en donde estos registraron el lugar, estos podían sentir que aunque no había nadie, una oscura presencia habitaba en alguna  parte del ahí.

Los dos oficiales, Hernán y Carlos, se adelantaron para registrar los dos graneros que se hallaban a unos metros de la cabaña. La puerta de madera se hallaba  abierta así que estos entraron con precaución, empuñando con cautela sus armas. Dentro del lugar pudieron percatarse que se sentía un frío más profundo, aunque el sitio se hallaba alumbrado por unos pequeños focos pendiendo del  gran techo. Ellos caminaron por todo el lugar, observando cómo habían un poco de prendas de vestir desperdigados en un tipo de habitación cerca de la salida contigua. El oficial Carlos se miró consternado al ver aquello, por lo que siguió registrando. Un silencio abismal invadía a aquel lugar, aunque de repente un sonido de golpes y gritos de mujeres se escucharon  en el granero de alado. Los dos oficiales salieron de ese lugar y se dirigieron corriendo al otro sitio. Al salir de ahí, se toparon con una pequeña lluvia de proyectiles que pasaron muy cerca de ellos. Muchas de las balas se incrustaron en la cabaña cercana y de esta también salieron sus demás compañeros.

Una lluvia de disparos empezaron a dominar el lugar y tres individuos custodiaban la entrada de lo que era el granero de donde salían aquellos gritos. Estos a la vez se volvían más intensos y los sujetos arremetían con más fuerza. El oficial Medina y Cuvier se hallaban detrás de unos tambos de agua, los cuales empezaban a derramar un poco de líquido ya que había sido perforado por algunos proyectiles. Estos a la vez, propinaban disparos en dirección a sus agresores, pero de alguna forma estas se incrustaban en las paredes de madera de la entrada del granero, siendo evadidos de forma inquietante.

El señor Carlos se movió a bruces entre el monte que se hallaba cerca de las camionetas y este empezó a tirar de su fusil, el cual portaba además lanzagranadas, este disparó su proyectil y fue a dar a los pies de los sujetos con chaqueta de cuero que custodiaban la entrada, estos no pudieron hacer nada ante aquel disparo, por lo cual el proyectil se estampó cerca del tronco en donde se hallaba un caballo negro el cual estaba  baleado  y sangraba en gran manera, el ultimo disparo fue su tiro de gracia el cual junto a sus dueños, salió impulsado por el lugar, sacando vísceras de su interior, a la vez que los sujetos que disparaban habían dejado de hacerlo y ahora se hallaban tirados en el suelo con graves heridas que le hacían brotar borbotones de sangre.

Los oficiales corrieron en dirección al extraño granero de donde salían los gritos, el cual segundos después de la explosión, el ruido había cesado y solamente el correr del viento helado se podía escuchar susurrando entre las ramas de los árboles.

Los cinco oficiales dispararon a unos candados que colgaban de la puerta principal, haciendo que esta se callera en añicos. Estos lograron entrar y pudieron observar que dentro de ahí, se hallaba gran cantidad de símbolos tenebrosos dibujados en las tablas de las paredes, en el centro de aquel granero había  una gran puertezuela  que se abría en el suelo y que daba entrada a un lugar subterráneo en aquel granero, este era como un gran sótano oscuro en donde al fondo se miraba una tenue luz brillando con poca intensidad.

Los oficiales corrieron hacia aquel  sitio, donde bajaron sobre una pendiente inclinada  con un piso de madera lizo y de caoba.  Al adentrarse en el lugar, se encontraron con un área amplia circular, delimitada por paredes de madera, en donde estrellas invertidas se miraban trazadas  a cada esquina de las paredes. En el centro de ese extraño sitio, pudieron observar algo que les helaría las entrañas.

En lo que parecía un extraño tipo de bunker rudimentario, en el fondo de ese sótano de madera, pudieron ver a dos personas con una especie de túnica negra  sosteniendo unas dagas ensangrentadas. Estos se miraban iluminados por una fogata roja que se hallaba en el centro de un circulo muy grande, dibujado con algún polvo blanco, parecido a la sal y blanquecino como la  cal. Dentro de aquel circulo, se hallaban dos chicas desnudas tiradas en el suelo y  sus cabezas estaban metidas en un círculo con la extraña estrella invertida llena de símbolos satánicos dentro del área circular. Las cabezas de las chicas sangraban y líquido rojizo  se metía entre los surcos que delimitaban al círculo en el piso de madera.

Los cinco oficiales se miraron atónitos al encontrarse en aquel lugar, por lo que lo único que pudieron hacer, es abrir la boca de la impresión y su tensión se elevó por los cielos.

  • ¡Por el amor de Dios! ¿Qué chingadera están haciendo acá?

Exclamó el oficial Cuvier enojado, apuntando  con su fusil a los dos encapuchados de túnica que les observaban sonriendo desde aquel área. Sus rostros se miraban iluminados, mostrando una cara desfigurada y llena de cicatrices con formas de  símbolos árcanos.

 

  • Estos hijos de la chingada merecen morir. ¡No puedo creer que sean unos satánicos de mierda!

Dijo el oficial Hernán, el cual desenfundó su revolver de su pantalón y empezó a disparar en dirección a uno de los sujetos, las balas pasaron de largo ante el sujeto, el cual levantó sus manos de forma solemne y tiró su daga al fuego, la llama de aquella fogata soltó una especie de llamarada oscura, su compañero a la vez hizo lo mismo, lanzando su daga y viéndose la misma flama oscura salir serpenteando de la flama central, tras ello, una especie de temblor empezó a dominar todo el lugar. Cada pared empezó a vibrar y la fogata empezó a parpadear, cambiando su forma y alzándose hasta el techo, cambiando de color y tornándose azul. La llama se opacó y un crujido se  escuchó. Al observar las chicas sacrificadas dentro de aquel circulo de transmutación, los oficiales pudieron observar que el cuerpo de las jovencitas empezaban a marchitarse, tal como si una putrefacción acelerada empezara a desarrollarse, un fétido aroma a descomposición invadió a todo el lugar, cosa que obligo a los oficiales a taparse la boca y a uno a vomitar en el suelo.

Tras aquel crujido, el circulo llegó a hundirse en el suelo, abriendo un agujero en el piso y mostrando la tierra negra que cubría el fondo. Del agujero unas grandes manos cadavéricas salieron y jalaron los cuerpos de las chicas por completo. Estos desaparecieron del hueco y los dos sujetos a los lados sonrieron, soltando una fuerte carcajada sádica.

Los oficiales de forma automática, empezaron a disparar a los sujetos y hacia al agujero con aquellas manos sobrenaturales saliendo de allí, pero lo único que resultó fue que las balas desaparecieran y se incrustaran en la pared, incrustándose directamente dentro de las estrellas pintadas en las paredes.

Los oficiales se hallaban aterrorizados al estar en aquel lugar, pero de alguna forma sus músculos se hallaban tensos y no lograban moverse. Con todas las ganas del mundo, deseaban desaparecer de aquel lugar, pero una extraña parálisis dominaba sus cuerpos. Cuando menos esperaban que aquello fuera peor, algo más comenzó a salir del foso en la tierra.

Del agujero, empezó a salir una gran capucha oscura, de la cual poco a poco se tornó a la forma de un gran ser con una túnica color zafiro. La gran criatura, se levantó la capucha y mostró ante todos su cabeza, la cual era sin más que un gran cráneo un tanto opaco y oscurecido. En los agujeros en donde deberían estar los ojos, se observaban una flama azul parpadeando con gran intensidad, tal como dos pupilas flameantes. La boca del ser, estaba cubiertas de dientes un tanto afilados y cubiertos de una especie de moho marrón. La oscura criatura era muy alta, llegando a medir hasta 3 metros, tocando por poco al techo. Los dos sujetos empezaron a cantar una especie de cántico gregoriano con voces gruesas, sonido que fue invadiendo a todo el lugar. La criatura movía su gran estructura craneal observando hacia los lados, este desplazaba sus huesudas manos tratando de agarrar a los sujetos que estaban a su costado, pero estos se mantenían estáticos, inmunes ante tal criatura, luego la gran calaca observó a los oficiales que se cagaban de miedo frente a ella y empezó a moverse en dirección a ellos.

El ser oscuro se acercó rápidamente hacia los oficiales, flotando sobre el lugar, pero demostrando una evidente existencia física sobrenatural. Al hallarse en frente del oficial Cuvier, la gran calaca lo quedo observando con esos ojos flameantes. En ese momento el oficial se había orinado del terror que tenía y un líquido bajaba por sus pantalones. Una mano huesuda tocó su brazo y le agarró su arma, al hacer esto, el arma se volvió ceniza y cayó al suelo como un ligero polvo grisáceo. Tras aquello, la criatura sujetó de la cintura al pequeño oficial  y lo levantó hacia el techo, este gritaba con terror y lloraba de histeria, sus compañeros miraban inquietos y aterrorizados tal escena, donde podían observar como la criatura levantaba a su compañero en las alturas, la gran calaca apretó con sus dos manos huesudas la cintura del oficial, hasta que poco a poco tronaron varios huesos, crujiendo dentro de Cuvier, finalmente la calaca hizo una presión final entre las vértebras medias del humano, hasta que lo partió en dos, llegando a tirar ambas partes del sujeto a los lados de ella, manchando se sangre a todo el piso del lugar.

Los cuatro oficiales gritaron de la impresión y trataban de moverse con todas las fuerzas del mundo. Por otro lado, Rodríguez  se mordía los labios y este los había hecho sangrar. Pero tras ello empezaba a murmurar pequeñas oraciones que le había enseñado su madre. Unos aves marías, padres nuestros y salmos salían de su boca, este a la vez cerraba los ojos y apretaba los puños, tratando de tomar conciencia de su cuerpo y por acción divina lograr moverse de una vez por todas.

Tras unos segundos eternos, el pobre de Rodríguez movió una pierna, luego la otra y por fin podía sentir la movilidad de sus dedos de sus pies. De una forma milagrosa había hallado una oportunidad de huir y ese era el momento.

En ese instante la gran calaca observaba muy cerca de Alfonso, al oficial Hernán el cual había escupido en la cara de la enorme y siniestra calaca, está a la vez soltó un pequeño gruñido ensordecedor, para lo que después agarró al oficial y lo  lanzó al otro extremo de la sala circular, en donde al estrellarse contra la pared, todo el cuerpo del oficial, llego a mutilarse, saliendo desperdigados en los suelos, vísceras, huesos, su cabeza y sus piernas, machando de sangre toda la pared del fondo. La criatura observó con deleite lo que había hecho con el humano y una lengua bífida surcó su cadavérico mentón.  Fue en ese momento en donde el joven Rodríguez aprovecho para utilizar sus piernas para correr y moverse de una vez por todas de ese horrible lugar. Él pudo mover sus piernas y se dio la vuelta,  llegando a correr todo lo que podía con todas sus fuerzas. Este salió de aquel lugar y dejo tras él a sus compañeros de trabajo y con ello al pobre Oscar Sarmiento. Rodríguez pudo recordar la mirada fría que le dio su compañero cuando este se dio cuenta de que él se había movido, en lo que una lágrima llegó a salir de sus ojos y un desgarrante “Ayudamee..” soltó con voz alta, mientras su compañero corría a toda velocidad.  Tal vista le había partido el corazón, pero aquel movimiento era su última alternativa para salir de ese infernal lugar.

Así fue como el oficial Alfonso Rodríguez salió corriendo de ese granero. Este logró salir del demoniaco granero  y se dirigió directo a la patrulla en donde se había quedado el joven oficial Julio, el cual estaba fumando un cigarro afuera de la patrulla, cuidando a la vez a las chicas que habían encontrado en las camionetas y que  ahora estaban arropadas dentro de la patrulla.

El joven miró asustado al oficial Rodríguez quien había llegado corriendo y alzando sus manos en pánico al lugar en donde estaba. Este le había dicho que se metiera al automóvil y que prendiera los motores, había que escapar lo más rápido que se pudiese de aquel recóndito y oscuro ejido. Él joven asintió intrigado y confundido, el cual preguntó por los demás compañeros, el oficial respondió meneando con la cabeza y contestó “Ellos están perdidos amigo, una cosa infernal los apresó junto a mí en aquel granero del diablo…”fueron las palabras que con terror pudo decir mientras temblaba en el asiento y sus ojos se miraban perdidos en el cristal empapado de rocío.

Los dos oficiales salieron de aquel paraje y se dirigieron a la central  en San Cristóbal,  saliendo a la carretera y conduciendo hasta el amanecer. Muy dentro del alma de Rodríguez algo había muerto y a la vez despertado, un sentido de terror profundo había descubierto y ahora su mente no descansaría jamás…

sombradelamuerte

Obra: El Festival de la Blasfemia

Relato: Sin Rumbo

Autor: Ajedsus (2017)

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